Después de haber cursado sus primeros años en la escuela de doña Julia Garay Guerra, varias razones motivaron a los padres de Mateo Martinić Beroš a matricularlo en el Colegio Salesiano San José. Además de ser un prestigioso, religioso e impartir una enseñanza de calidad, este establecimiento – que quedaba sólo a cinco cuadras de la casa familiar – era el predilecto de las familias de inmigrantes europeos, especialmente de los croatas. Y razón más que valedera fue la de que sus hijos mayores Juan y Nicolás también habían asistido a ese colegio.
Todas las mañanas, lloviera, nevara, hubiera temporal de viento, muy temprano Mateo Martinić Beroš y su hermano se iban caminando al colegio. Prácticamente todos los niños lo hacían, pues no había locomoción colectiva y había muy pocos automóviles particulares. Bajaban por calle Fagnano, usando la larga escalera ubicada al llegar a la calle Arauco, que primero era de madera y luego, de cemento. De ahí cruzaban Avenida España, Talca que hoy es Armando Sanhueza y Chiloé, llegando siempre temprano al colegio, nunca atrasados.

Generalmente, la vestimenta para ir al colegio consistía en pantalones cortos de paño grueso, medias de lana hasta la rodilla y zapatos caña alta, sobre la camisa un jersey de lana y encima un abrigo o sobretodo, también grueso y una gorra de paño.
Mateo aprendió a leer con el Silabario “El Ojo”, de Claudio Matte que fue declarado como texto oficial de enseñanza en el año 1894. Demostró ser un excelente alumno, logrando en varias oportunidades situarse entre los primeros cinco alumnos del curso, así como igualmente, se le permitió saltarse un curso y realizar el siguiente.
El Colegio ofrecía varias actividades complementarias al proceso de enseñanza, en las que Mateo participó, como el pequeño Clero, cuya misión era participar y ayudar en los oficios religiosos y procesiones; la Compañía del Santísimo, el Coro Santa Cecilia – en el cual Mateo Martinić Beroš alcanzó a estar muy poco tiempo, fue expulsado por desorden junto a otros dos compañeros – y otras funciones artísticas y religiosas. También participó en la Acción Católica, analizando y asistiendo en foros donde se trataban las encíclicas papales y otros temas valóricos, así como en los exploradores salesianos.
A los 13 años dejó el hogar familiar para mantenerse internado en el colegio durante dos años. Fue una decisión tomada después de que el inspector salesiano le sugiriera seguir el aspirantado. Sin embargo, el aún adolescente Mateo, no contaba con ninguna motivación para ser sacerdote.

Fueron dos años difíciles, lejos de la familia, a la cual sólo podía ver por tres horas una vez al mes. Francamente se sentía atrapado en una vida que no quería, no tenía vocación ni le interesaba seguir la vida religiosa. La aflicción le duró hasta que vio la posibilidad de no regresar, al enfermarse de paratifus. Tuvo que guardar reposo en su casa y ahí le manifestó a su madre sus sentimientos y decisión, lo que naturalmente en una mujer religiosa como doña Rosa, le apenó muchísimo, pero respetó.
Así fue la breve incursión – pero larguísima para él – en el aspirantado para ser sacerdote salesiano. Esta determinación, si bien fue aceptada, sin mayor objeción por el Padre Director, le pasó la cuenta durante los últimos años escolares, pues siempre, aun mereciéndolo con creces, era relegado a un segundo lugar o menos en la premiación académica al final de cada año.

