La infancia de Mateo Martinić Beroš, en tiempos cuando aún no se daba cabida a los avances tecnológicos, fue una época de pura imaginación y creatividad. La calle era su escenario, y la naturaleza, su aliada. Junto a sus amigos del barrio, vivió una niñez llena de aventuras y diversión, donde cada día era una nueva oportunidad para explorar y crear.
Con la imaginación como único límite, construían casas, puentes y caminos con piedras, palos y tierra. Jugaban a la pelota de trapo, al trompo, a las bolitas y al zuncho, un aro metálico que hacía rodar por las calles. Andaban en patineta y zancos fabricados con madera o tarros de conserva. En primavera, volantines desafiaban al viento huracanado, mientras que en invierno, la nieve les ofrecía un lienzo en blanco para crear muñecos y fortalezas.
Además de los juegos en el hogar y en el barrio, el niño Mateo y sus amigos disfrutaban de entretenciones ocasionales. Visitaban el zoológico del regimiento Pudeto, donde admiraban avestruces, pumas y cóndores. Desde muy pequeño se maravillaba con los libros de historia, geografía y ciencias naturales de sus hermanos mayores.
Sin embargo, también hubo momentos de intranquilidad para los niños del barrio. El paso del carro de la perrera, que recogía a los perros vagos, era una amenaza constante. Los niños sabían que si el carro se acercaba, los perros serían capturados y posiblemente maltratados o sacrificados. Por lo tanto, siempre intentaban ahuyentar a los perros y evitar que fueran capturados. Los funerales eran eventos tristes y solemnes que interrumpían la rutina de los niños. La visión de la carroza fúnebre tirada por caballos negros y el chofer de aspecto serio causaba una gran impresión en ellos. Los incendios eran eventos alarmantes y los niños se reunían para observar el trabajo de los bomberos y sentir la emoción del momento.
Otras situaciones poco gratas que recuerda don Mateo de su niñez era el viejo «Mattas», un hombre violento y temido por los niños, y la esquina cercana a su casa, de Fagnano con Waldo Seguel, donde se había cometido un horroroso crimen en 1923.
En fin, la infancia de Mateo Martinić Beroš fue una época de libertad y exploración, donde la imaginación no tenía límites. La calle era su reino, y la naturaleza, su mejor amiga.
